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1) WordFast: It’s free, but does it work? An exclusive interview
with Yves Champollion, developer of a free translation memory tool, by Bob
Clark.
The
immortal words of John Mc Enroe, “You can’t be serious!” pretty much
sum up the general reaction to the initial appearance of WordFast on the
email circuit several months ago. The skepticism was understandable. Here
we have a full-blown translation memory system that appears out of nowhere...
Ver
artículo completo en:
http://www.language-international.com/download/2001_13.5_Wordfast_Its_Free_But_Does_It_Work.pdf
2)
"Where
do Translators Fit into
Machine Translation?",
by Alexander Gross.
Originally
presented during the 1991 Machine Translation Summit III Conference in
Washington. A. Original Questions Here are the original
questions for this panel as submitted to the speakers: 1. At
the last MT Summit, Martin Kay stated that there should be "greater
attention to empirical studies of translation so that computational
linguists will have a better idea of...
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el artículo completo haciendo clic sobre el título.
3)
Fuente:
Canal á (www.canala.com.ar
) Sección Libros
Desde el siglo XVIII no se creaba un inventario de
palabras con las características de esta obra
Un diccionario que rompe
con lo conocido
Jorge Saldeña
Una adivinanza: ¿Cómo se
hace un diccionario? Se elige el de la Real Academia Española, por
ejemplo, y a criterio del autor se copia una palabra sí y otra no.
Eso es todo. Una labor de plagio que no es absolutamente un plagio, ya que
la lengua nos pertenece, es de todos los hablantes. Este método, además,
lleva siglos de práctica y aceptación.
Sin embargo, el filólogo Manuel Seco advirtió en el procedimiento
demasiadas fisuras y bien notorias. Abundan en nuestros diccionarios
vocablos en desuso y no circulan otros que hace tiempo campean por el
medio de la calle. Entre las grandes lenguas occidentales, la española
era la única que carecía de un inventario léxico riguroso y vigente a
la vez, como los veinte volúmenes del Oxford para el idioma inglés.
En 1970 Seco decidió partir de cero. El primer día de la creación.
A mano, sólo provisto de lápiz y papel (la computadora apareció recién
en 1994), sin financiación y a media jornada, emprendió la elaboración
de un catálogo de palabras en el que descartó las antiguas y acompañó
las contemporáneas con citas reales que daban fe de su uso. Esas citas
demostraban que el vocablo registrado, lejos de ser una locución
pasajera, se había asentado en la lengua escrita.
Hubo que confeccionar miles de fichas. Lo asistieron los también
filólogos Olimpia Andrés y Gabino Ramos. La tarea fue ciclópea,
solitaria y de vez en cuando casi desesperanzada. Concluyeron en 1999.
El producto ha deslumbrado a la comunidad intelectual de lengua hispana.
Se llama Diccionario del español actual, y comprende en dos tomos
4 mil 670 páginas, 141 mil acepciones y 200 mil ejemplos de uso. Desde el
siglo XVIII, cuando se confeccionó el" Diccionario de autoridades de
la Academia" no se lograba nada igual.
En un reportaje concedido al diario español El País, Seco, hoy de
71 años de edad, profundiza en los criterios con que encaró la
monumental obra que le insumió casi la mitad de su vida:
¿Es un diccionario democrático, moderno? ¿O posmoderno porque no
tiene ideología?
Es descriptivo, no se preocupa de la selección estética, ideológica o
histórica, sino de la realidad del uso, aunque no nos guste. Y es moderno
en cuanto a que no lo hemos abierto a las palabras clásicas, bonitas, que
no se usan nada, palabras de textos del siglo XVII que nadie oye. Sólo si
hay dos escritores, Cela y Torrente, por ejemplo, que la usan, entran,
advirtiendo que su uso actual es burlesco, o literario, depende. Pero si
sólo la usa uno y no sale más al ruedo, no hay nada que hacer.
¿Y las minorías y las jergas? Por ejemplo el habla de gitanos,
adolescentes, inmigrantes... ¿Entran?
Sí. La época manda. Los gitanismos del siglo XIX como "currar"
y las llamadas palabras malsonantes que introdujo sobre todo la
generación del 50, por ejemplo Martín Santos, nos interesaron mucho
porque son aire fresco, rompen la censura y la autocensura social.
Entonces, en la época de Franco, había muchos escritores que no se
atrevían a poner mierda, o cojones, y gente como Cela o Martín Santos
acaban con ese tabú y van más allá usando términos sexuales para
referirse a realidades sexuales. Eso cambia tanto el uso de la lengua que
ahora el que se anda con remilgos hace le ridículo.
Supongo que la libertad de prensa habrá ayudado también en ese
camino.
Claro, esa ha sido nuestra forma de salir a la calle, de no perder
frescura. Un setenta por ciento de la documentación que hemos usado viene
de los periódicos. Gabino Ramos se ha leído todo, del Heraldo de
Aragón a El País, La Verdad de Murcia o el ABC.
Si una palabra la usa una mayoría, si tiene éxito, es imposible que no
llegue al uso escrito. Si no llega a la prensa entonces advertimos que es
literaria. Y si ni una cosa ni otra, entonces pasa a la cuarentena y
probablemente ya no levantará cabeza.
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